• Pilar Martínez

Descubriendo el palomar (2ª parte)

Cuesta calcular para quienes vemos por primera vez los nidales, el número de palomas que podían anidar allí. Esos agujeros oradados en el adobe formando hileras  se llegan a hacer incontables al ojo curioso y observador. Pero los secretos de un palomar, aún agudizando todos los sentidos, no están a simple vista. Hace falta conocer de quién más sabe, todo lo que puede llegar a albergar ese silencio sombrío que da cobijo a las palomas arropadas por el adobe.


Figura del palomero

El palomero, viejo oficio casi extinguido


Sin ir más lejos, el palomero sabe diferenciar unas palomas de otras, siendo la habitual del palomar en Tierra de Campos, la paloma Zurita cuya cría es el palomino y no el pichón, como vulgarmente se puede creer. Los pichones son las crías de la paloma “ bravía” y que ha dado lugar a la “ doméstica” que se encuentra en las ciudades. La paloma “ Torcaz, “ por otro lado, no vive en los palomares, sino que habita y hace sus nidos en los árboles de los parques etc.



De igual manera,  el palomero sabe cómo y cuándo debe procurarle alimento a las palomas en unas épocas más que en otras dependiendo de los tiempos de siembra y recolección en el campo, así como mantener limpio el palomar para evitar su insalubridad no solo en favor del propio palomar sino también de las propias aves.


Pero su habilidad más singular es el modo en que accede a los nidales. Un palomar bien construido debe tener una anchura adecuada entre las paredes de adobe de sus pasillos para que el palomero pueda, sin dificultad, trepar por ellas a modo de escalada vertical ayudándose de los huecos estratégicamente distribuidos como nidales en tresbolillo, o sea en zigzag, ya sea circular, rectangular o poligonal. Aún así y   pese a la invasión del palomero en la vida tranquila de un palomar y sus nidales, las palomas, curiosamente aceptan su intrusión porque por instinto saben que también es quién les proporciona alimento y un lugar tranquilo donde cobijarse y reproducirse. De ahí que, a pesar de emprender el vuelo por la vasta llanura de Tierra de Campos, la paloma Zurita  siempre regrese al palomar.



La singular simbiosis entre hombre, animal y arquitectura, viendo los palomares que aún se mantienen regios y erguidos en el paisaje de muchos de nuestros pueblos de Castilla y León, cabe interpretarla y entenderla dentro de la tradición ancestral de la cría de paloma como un valor que aunque hoy no sea sostenible su vigencia, sí lo debe ser para tener pleno conocimiento de nuestro bagaje cultural y costumbrista y por añadidura digno de ser al menos de conservado. Dejarlos caer al mismo barro del que emergieron es restarle importancia y valor a esos castellanos  que antes que nosotros procuraron hacer grande nuestra tierra.

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