• Rebeca Díez

Aniago, un recuerdo en el olvido

A unos 15 kilómetros de la capital del Pisuerga, y a menos de 4 del municipio de Villanueva de Duero, se encuentra Aniago. O lo que queda de él.

Interior de la Cartuja de Nuestra Señora de Aniago

Lo cierto es, que con cada kilómetro que las ruedas del coche avanzaban por la carretera, una mezcla de sentimientos se iban apoderando de nosotros. Una mezcla que se definió al ver el cartel, que hace muchos años, indicaba el camino que conducía a Aniago. Y ahí sigue estando. Suponemos, que como señal de la que vida que un día tuvo.


Los lugares abandonados personifican, de un modo duro y bello al mismo tiempo, el paso del tiempo. Son escenarios que deben ser recorridos en silencio. Para poder imaginar todo aquello que pudo haber sido y no fue. Lamentando lo inexorable y preguntándonos el por qué.


Ruinas de la Cartuja de Nuestra Señora de Aniago

Echen la vista atrás, hasta los años 60. Natividad y Ramón llegaban con sus diez hijos a Aniago. Y como la de ellos, es la historia de otras quince familias que compartieron, por aquellos años, penurias y miserias. La tónica de aquella época. Con los ojos iluminados, Ángeles, que por aquel entonces era apenas una niña, contempla las fotografías de lo que hoy es Aniago; el pueblo en el que creció junto con sus hermanos, durante unos años de su vida. Quizás, las imágenes atrapadas por una cámara fotográfica, medio siglo después, no sirvan para reflejar lo que un día fue. Con ellas, simplemente se pueden reescribir los hechos ya vividos y así, revivirlos.


Interior de la Cartuja de Nuestra Señora de Aniago

Respiró hondo y siguió hablando, al mismo tiempo que las fotografías se iban sucediendo. Y así nos cuenta cómo era la vida en Aniago. “Mucha gente se veía obligada a acudir a Valladolid andando. ¿Autobús? Claro que había. Pero muchos no nos lo podíamos permitir”. Ángeles nos contaba que cada día llegaba un autobús al comienzo del camino que llevaba hasta Aniago. Uno por la mañana y otro por la tarde.


Edificios en ruinas de Aniago

Según nos cuenta Ángeles, los llamados “mazariegos” eran los dueños de todas las casas. A pesar de no vivir allí, tenían una propiedad donde iban a pasar los veranos, a la que llamaban “Casa Grande”. El resto de las familias vivían en pequeñas casas colindantes, que lejos de ser lujosas, no cumplían con los servicios básicos con los que, afortunadamente, podemos contar hoy.

Aniago no tenía ni Ayuntamiento, ni escuela, ni centro sanitario. Tampoco una iglesia donde poder asistir al culto” recordaba Ángeles.  Para todo ello, tenían que desplazarse hasta Villanueva de Duero. “Recuerda que eran otros tiempos. Por aquel entonces, los hijos de los obreros teníamos la vida más complicada. Incluso para poder acudir a la escuela“.  Cada día, los chavales de Aniago cruzaban el rio por un atajo que ellos mismos descubrieron, para poder ir hasta la escuela de Villanueva.
“La mayoría de las familias, dependían del salario del hombre, quienes se dedicaban a la agricultura”. Y mientras tanto, las mujeres se dedicaban a las tareas de la casa. “Acudíamos a una acequia que bordeaba la finca y desde ahí se podía ver los ricos frutales que crecían” remataba Ángeles.
Edificios en ruinas de Aniago

Dice Ángeles que hay veces en la vida, que es mejor no recordar momentos que ya pasaron. Pero que sea lo mejor, no es que sea lo que necesitamos. Y muchas otras veces, la vida te recuerda que necesitas echar la vista atrás. Está claro que detrás de cada lugar abandonado, hay una historia que explica su condición. Pero mientras esas historias permanezcan en la memoria de la gente que los habitó, seguiremos conservando algo único e imborrable.


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