• Rebeca Díez

Aprendizaje desde la cercanía: así es la enseñanza en la escuela rural

La escuela rural es cercanía, refugio, hogar, aprendizaje. También es lucha y sacrificio por mantenerla con vida y asegurar un futuro que, cada vez, se antoja más complicado pese a que la escuela rural es, sobre todo, absolutamente necesaria. Actualmente, en Castilla y León, los requisitos para que una escuela se mantenga es el de tener al menos cuatro alumnos. Existe una excepción para los centros rurales, tener al menos 3 alumnos matriculados con el compromiso de seguir realizando sus estudios en el mismo centro el curso siguiente.


Azulejo indicativo de la antigua escuela primaria de Pozal de Gallinas (Valladolid), actual sede del Ayuntamiento. Foto: @oscarranlo

Según datos de la Consejería de Educación, durante el curso 2021/2022 un total de 27 centros se mantienen en funcionamiento con el número mínimo de alumnos. Además con el arranque del presente curso escolar, Castilla y León perdió cinco de sus colegios rurales por falta de alumnos. Perdimos todos los castellanos y leoneses, mejor dicho, porque cuando una escuela cierra en un pueblo perdemos todos.


Maestros rurales, una forma de enseñanza desde la cercanía


“El mayor reto posible, y el más difícil, es conseguir que no se cierre ninguna escuela rural. Cuando se cierra la escuela, desaparece el pueblo”, apunta Gonzalo Aguilera Lázaro. Este joven de 29 años es uno de esos tantos maestros y maestras que luchan, desde las escuelas rurales y en su caso desde Ólvega (Soria), por mantener con vida nuestros pueblos. Un reto que pasa por el grave problema de la despoblación. “Para tener más habitantes, lo cual es necesario para que no se cierren las escuelas, necesitas infraestructuras, servicios y trabajo. Todo esto no es algo que corresponda a los maestros y maestras. Por mucho que consigamos transmitir amor por nuestra tierra, sin posibilidades la gente se va de los pueblos”.


Gonzalo Aguilera ejerce –y así lo transmite- con la pasión de poder transmitir a partes iguales, como maestro rural, el conocimiento y la pasión por nuestra tierra. Y también con empatía, ya que considera que es la cualidad más necesaria siendo maestro rural, ya que por cercanía se conocen de primera mano las situaciones personales. “Esa cercanía puede ser beneficio y hándicap. Beneficio por la unión que creas, hándicap por la dificultad para desconectar. Eso sí, lo veo mucho más como un beneficio que como un hándicap”, resalta. Es por eso que para él la escuela rural es cercanía, lucha, sacrificio. Es, en definitiva, buscar que no mueran los pueblos.



Y si bien es cierto que esta problemática afecta a todas y cada una de las provincias de nuestra región, Zamora lidera las tasas de descenso demográfico. Y en cuanto al futuro las previsiones dibujan, lamentable, un panorama que conduce a la provincia zamorana hacia un camino plagado de incertidumbres, empezando por la escuela rural. En un total de siete municipios de esta provincia trabaja durante este curso académico Alicia Rodríguez como especialista de Audición y Lenguaje compartida en dos C.R.A. Completamente adaptada y feliz, aunque reconoce tener la sensación de “estar en todos los sitios y en ninguno”, lo cual asegura que tiene sus ventajas y alguna pequeña desventaja. “Esta profesión es muy gratificante y sobre todo en el mundo rural. Se establece un vínculo más estrecho entre el profesorado, alumnado y familias”. Precisamente, con respecto a las “diferencias” entre la escuela rural y la urbana considera que trae consigo más ventajas que desventajas, como la autonomía de los alumnos en la realización de sus tareas o la flexibilidad en los horarios. También cree que la escuela rural es el lugar idóneo para potenciar las metodologías activas con los recursos adecuados.


“Las aulas internivelares, aunque muchos crean que es una desventaja, para mí es una gran ventaja. La existencia de varios niveles en un aula nos permite observar cómo el proceso de enseñanza y aprendizaje de los alumnos se enriquece, independientemente de la edad que tenga cada uno”, continúa, “ya que una agrupación de varios niveles permite a los alumnos más pequeños atender las explicaciones de niveles superiores, por lo que, en numerosas ocasiones, van captando conceptos más complejos que les permiten avanzar a un ritmo más rápido”. Recuerda, en este sentido, que cuando ella misma tenía 5 años ya se sabía prácticamente las tablas de multiplicar de oírselas a sus compañeros. Y es que, además de ser maestra en la escuela rural, Alicia Rodríguez estudió de 1994 a 2003 en el C.R.A. Villanueva del Campo, concretamente en Villamayor de Campos. Lamentablemente ha cerrado el único aula que permanecía en la localidad, con 3 alumnos el presente curso. “La escuela rural es totalmente necesaria y por desgracia se está acabando y no deberíamos permitirlo, por lo que es fundamental garantizar su existencia. Cuando un centro cierra es muy difícil que vuelva a abrir".


Con respecto a los inconvenientes pone el foco en las escuelas unitarias, ya que un número muy reducido de alumnos convierte a la escuela rural en un aula unitaria, lo que se traduce en un cierre no muy lejano de esa escuela. “Las relaciones sociales en una escuela unitaria con 4 alumnos, por ejemplo, se verían muy afectadas”, señala. Por otro lado, y aunque no lo considera un inconveniente como tal, resalta el gran trabajo y organización a la que están sometidos los maestros rurales, ya que trabajar varias materias con alumnos de distintos niveles provoca tener una planificación muy estricta y muchos recursos. Esto, unido, al desplazamiento que hacen los maestros itinerantes por las distintas localidades que forman el C.R.A., teniendo que disponer de vehículo propio y expuestos al peligro constante de unas carreteras, en muchos casos, en un estado lamentable.


En cuanto al futuro de la escuela rural considera que, en primer lugar, las instituciones públicas son las que tienen que fomentar la vida rural, apostando por ella y que, de esta forma, la gente se anime a quedarse en los pueblos. Alicia Rodríguez es feliz trabajando en la escuela rural, pero también lo fue estudiando: “Haber estudiado en una escuela rural es lo mejor que me ha podido pasar en mi infancia. Volvería a esa época una y mil veces”. Esta es una reflexión compartida por aquellas personas que han conocido de primera mano la escuela rural, tanto desde el prisma de maestro como de alumno.


Aula de una escuela rural

Los gratos recuerdos de haber estudiado en la escuela rural


Silvia del Río Martín tiene actualmente 22 años y estudió en el CRA San Isidro (Rapariegos, Segovia) entre los años 2002 y 2007. Ella lo tiene claro: escuela rural, escuela genial. “Me considero una privilegiada de haberlo experimentado por mí misma, por tanto, haber estudiado en una escuela rural ha sido un privilegio para mí". Un privilegio que cada vez menos niños tendrán en sus pueblos si no se aprovechan, según explica Silvia del Río, sus aspectos diferenciales como “espacio puntero e innovador de educación, cercano con la naturaleza y sostenible”.


Esta joven segoviana recuerda, por ejemplo, ir andando en 2 minutos al colegio y convivir en el mismo aula con alumnos de todos los cursos. “Para mí no hay nada negativo en la convivencia de alumnos de distintos cursos, el día a día era muy dinámico y además en un entorno sin igual”. Para seguir con su formación, Silvia se matriculó en el CEIP La Moraña de Arévalo, donde le resultó “novedoso y llamativo” que una clase al completo con 25-30 chavales tuvieran todos su edad. Como aspecto positivo resalta que Castilla y León mantiene las escuelas abiertas con pocos alumnos, pero recuerda que el objetivo debería ser precisamente no llegar a ese mínimo. “Creo que el teletrabajo es un elemento atractivo para volver al pueblo, pero está lejísimos de ser una solución para la despoblación. Sin embargo, se debería tratar de atraer a todas aquellas familias con niños que puedan teletrabajar y que sus hijos vayan a la escuela del pueblo”. Eso se consigue, continúa explicando, mejorando servicios públicos e infraestructuras. “Estos 3 o 4 alumnos nuevos pueden ser la semilla que haga reabrir una escuela, o evitar que se cierre otra. Un municipio con la escuela abierta atrae a más familias que el que ya la tiene cerrada”.


En esa línea también se pronuncia Miriam San Juan (24 años) quien estudió en el aula de Matabuena del CRA La Sierra (ahora CEO La Sierra) que agrupa varios municipios y cuya dirección está en Prádena. “Hay unos maestros y maestras increíbles que se dejan el alma por mantener vivos los colegios ya que al fin y al cabo son lo que da alma a los pueblos”. Posteriormente cursó sus estudios de Educación Secundaria Obligatoria y Bachillerato en el Instituto de la Granja de San Ildefonso, para lo cual tenía que realizar una hora de trayecto en autobús. “El cambio fue un salto al vacío. Pasé de ser durante toda la Primaria la única alumna de mi curso a encontrarme, ya en la ESO, con un grupo de 20 o 25 chavales de mi edad totalmente desconocidos”, recuerda.


Recuerdos, precisamente, son los que guarda del trato tan cercano que existía entre los profesores, alumnos y familias. “La escuela rural es hogar. Ha sido la mejor muestra de tener la sensación de pertenecer a algo; de compartir el día a día como maestros que desde el respeto y la distancia nos han enseñado a valorar el lujo que es vivir en pequeños grupos y todo el partido que podemos sacar a la unión entre nosotros”. Y va más allá: “Haber estudiado en la escuela rural me ha hecho tener un apego a mi tierra y a mi pueblo que hubiera sido imposible siendo un número más en la lista interminable de alumnos de un centro urbano”.


Por su parte Javier García, quien estudió en San Bartolomé de Pinares en el CRA La Gaznata (actualmente CRA Valdelavia), considera que la escuela rural aporta educación en valores y aprender sobre el medio en el vives. “Veo necesario formar a los futuros maestros con una perspectiva rural y que no vean este medio como algo secundario o como trampolín para que puedan acceder a otro puesto en la gran ciudad”, apunta. Considera que, por otro lado, se podría paliar la falta de alumnos con incentivos fiscales para aquellos que vivan zonas rurales y también invertir en esos colegios.



El día a día de un maestro en el medio rural


En la provincia de Segovia, como maestra especialista en Pedagogía Terapéutica y Audición y Lenguaje, trabaja Yamira Rodríguez en diferentes CRA y colegios de Tierra de Pinares desde 2017. Cada día coge el coche y recorre kilómetros para trasladarse a los colegios de las distintas localidades, donde le reciben con una enorme sonrisa y con ganas de contarle sus últimas aventuras. “La experiencia a nivel personal y profesional es súper enriquecedora. Ser maestra rural es ilusionante, los pequeños te contagian su ilusión y curiosidad por las cosas, aprendes cada día valores y conocimientos que no vienen en los libros y además te sientes parte de la comunidad donde trabajas”. Por ello, para ella, la escuela rural es cercana y familiar aunque también pone el foco en los principales hándicaps.


“Al programar actividades para niños de 3 a 12 años que conviven en un aula a veces es difícil adaptarlo a los intereses de todos. Además, también existe limitación con respecto a las actividades extraescolares o excursiones”. Igualmente considera que se enfrenta al reto de contar para la Consejería de Educación. “Sé que la escuela rural es una gran inversión para la administración pero nuestros pequeños no merecen menos. Desde luego si queremos que familias jóvenes se asienten en nuestros pueblos la escuela no debería cerrar”, asegura.


Familias como la de Isaac y sus dos hijos Bruno (6 años, 1° primaria) y Teo (4 años, 2° Infantil), que están matriculados y cursando sus estudios en el CRA Tierras de Berlanga, de Berlanga de Duero (Soria). “La escuela rural no tiene nada que envidiar a la urbana”, explica, “aunque les diferencia la cercanía hacia el profesorado, tanto alumnos como padres”. Además considera beneficioso que los más pequeños, al estar en el mismo aula con niños de otras edades, pueden adquirir y absorber conocimientos de los más mayores. “El gran inconveniente o desventaja, pues lo de siempre, la falta de niños”, asegura contundente.


Asimismo lamenta que desde la administración se quiere ligar todo al ratio alumnos/profesor, ya que considera que hace que crezcan otras desventajas, como por ejemplo la falta de profesores de apoyo o pedagogos terapéuticos. “Con estas condiciones los CRAs tienen muy difícil el reto futuro de sobrevivir, pero es que además la falta de niños hace peligrar no solo el colegio, sino el sistema rural como por ejemplo la sanidad”, denuncia. Y solicita dar respaldo siempre al servicio público: la única forma, asegura, de no enterrar en vida a nuestros pueblos.


Algo en lo que también coincide Julio Sánchez (31 años), quien estudió en el CRA Pinares Sur de Casarejos (Soria). “El mayor reto es, como todo en Castilla y León, la despoblación. Cuando yo me fui del colegio había 21 niños en el centro de Casarejos y el CRA tenía otros 4 centros abiertos en otros tantos pueblos. Ahora quedan 2 centros y, por ejemplo, en el de mi pueblo 5 niños y son de tres pueblos diferentes”, lamenta.


El desprestigio popular de las escuelas rurales


“Un reto también muy importante al que se enfrenta la escuela rural es al desprestigio popular de este tipo de escuela, es decir, al sentimiento de infravaloración que muchos centros rurales sufren”, apunta Laura Martín Velasco, una joven de 27 años que estudió en el CEIP Viloria del Henar entre los años 1997 y 2006. “Tengo muy buenos recuerdos de esta etapa de mi vida. Ahora que soy profesora de secundaria, puedo afirmar la gran labor que hacían para que todos estuviéramos atendidos, a pesar de las diferencias de edad”, señala. En esa línea considera que la principal ventaja de la escuela rural es que la atención que recibe cada alumno es casi personalizada. Por ello resalta que haber estudiado en una escuela rural es un orgullo porque aprendió muchos valores que hoy en día son muy necesarios, como el respeto, la empatía o la generosidad.



La escuela rural de hoy y de ayer


Mariángeles Gamarra López, natural de Berlanga de Duero (Soria), es maestra por vocación desde hace ya más de 30 años. Comenzó como maestra rural en Quintanas de Gormaz, con 22 alumnos desde 3 años a octavo de EGB. “En aquellos tiempos no había ni medios informáticos. Todo se hacía manualmente y se trabajaba mañana y tarde y del colegio a casa a seguir corrigiendo y preparando más materiales para el día siguiente”, recuerda. Posteriormente trabajó tres cursos en Rello con 5 alumnos, hasta que cerraron esta escuela y comenzó a trabajar en la denominada Educación Compensatoria en Bayubas de Abajo, Rioseco, Quintanas de Gormaz, Retortillo, Arenillas y Barahona. Una época en la que también impartió Preescolar en casa, que consistía en que semanalmente, iba al domicilio de una niña en edad preescolar en Bayubas de Arriba, que no tenía escuela.


Tras un paréntesis en la docencia directa se incorporó al CRA Tierras de Berlanga, dónde trabajó como profesora de Pedagogía Terapéutica, como profesora de Lengua en primer ciclo de la ESO y como Jefa de Estudios. Desde este centro, donde permaneció 11 años, concursó a su destino actual en un colegio urbano de Soria en el que actualmente también ejerce como directora. Cuando intenta comparar escuela rural y urbana, asegura, le resulta difícil por el paso de los años y por que el tipo de población de sus comienzos y el actual son muy diferentes y las necesidades de unos y otros también lo son. “Los alumnos de mis escuelas unitarias, sin poderlo evitar, eran un poco mis hijos. Era una enseñanza completamente individualizada, siendo a la vez inclusiva. En la escuela urbana, por supuesto, también se trata a cada niño atendiendo su realidad, pero inevitablemente en las aulas hay muchas realidades que atender y a veces es muy difícil llegar a cubrirlas todas como se desearía”.


Para ella, la escuela rural es una escuela en la que sin pretenderlo se atienden las singularidades de cada uno del alumnado y dónde las relaciones interpersonales del alumnado e incluso del alumnado con el profesor son las que cualquier maestro desearía para su clase. “El maestro o maestra rural es el mago que enseñando desde el corazón, por las relaciones humanas tan estrechas que se generan con sus alumnos, se convierte en un auténtico estratega, prepara el material y las clases para poderle sacar el máximo partido, aplicándolo a la vez con varios cursos”, apunta.


Todos los testimonios recopilados en este reportaje coinciden en señalar que la escuela rural se enfrenta a un futuro que, cada vez, se antoja más complicado pese a que la escuela rural es, sobre todo, absolutamente necesaria. Si finalmente las escuelas rurales acaban desapareciendo perderemos algo más que la tan necesaria presencia de esos niños en nuestros pueblos. Perderemos una forma de enseñanza y de aprendizaje desde la cercanía, desde el conocimiento y la pasión por nuestra tierra. Como alumnos o antiguos alumnos, maestros, familias, ciudadanos. No lo permitamos.